Cuando ya no puedes más: el inicio de un camino consciente.
Hay momentos en la vida en los que, aunque desde fuera, todo parece estar bien, por dentro hay un vacío, un gran dolor. Y tú lo sabes, ya no puedes seguir disimulando. A mi me pasó. En realidad, me ha pasado varias veces.
Este momento, puede llegar después de una ruptura, tras ser madre o tras perder un trabajo.
Otras veces, tras años de sostener, adaptarte, de "ser la buena" y aguantar situaciones que, en el fondo, sabes que no son normales. O cuando el cuerpo empieza a hablar manifestando cansancio, dolor o enfermedad.
Y otras, simplemente, cuando te das cuenta de que vives más pendiente de todo y de todos que de ti. Te has difuminado y no sabes por dónde comenzar a reencontrarte.
Hay personas que han pasado años en relaciones donde se normalizó el desprecio, la frialdad o la ausencia emocional.
Y cuando esas relaciones terminan, no solo duele perder al otro.
Duele haberte perdido tú.
Duele ver cuánto te adaptas para recibir amor, cuánto te suprimes.
Cuánto te callaste.
Cuánto te alejaste de tu verdad, de tu autenticidad.
Otras personas viven con estrés constante.
Siempre disponibles.
Siempre pendientes de los demás.
Y el cuerpo, poco a poco, empieza a pedir auxilio, necesita parar, y aparece cansancio, tensión, dolores, enfermedad.
Como si algo dentro dijera: “Así no. Ahora me toca a mí”.
Vivir sin conciencia tiene un precio.
Cuando no hay conciencia, vivimos en automático.
Reaccionamos en vez de elegir.
Aguantamos en vez de escucharnos.
Nos adaptamos en vez de respetarnos.
Y eso se paga en cuerpo, relaciones, claridad y paz.
Un camino consciente no es arreglarte, es volver a ti.
Volver al cuerpo.
Volver a sentir.
Volver a escucharte.
Volver a habitarte.
Un camino consciente te enseña a observarte sin machacarte, a entenderte sin justificarte ya elegirte sin culpa.
Un camino consciente te enseña a descubrir qué está pasando y te permite cambiar el rumbo. Saber qué quieres e ir a por ello.
A veces, hacerlo acompañado lo cambia todo
Buscar acompañamiento no es debilidad.
Es madurez.
Es decir: "No quiero seguir viviendo en automático. Quiero aprender a vivir de forma consciente. Quiero elegirme pero no sé por dónde empezar"
E ir de la mano de alguien que sabe de lo que estás hablando, alivia y mucho.
Esto lo sé por mi propia experiencia.
Durante años he transitado mis retos vitales buscando respuestas, observando, formándome, conociendo historias de otras personas y, sobre todo, mirándome de frente.
He atravesado duelos, rupturas, heridas profundas, procesos de pérdida y de reconstrucción. Y sé la diferencia enorme que hay entre transitarlo en soledad y hacerlo con conciencia, sostén y dirección. Hacerlo acompañado.
Logré derribar la creencia de que tenía hacerlo todo sola.
Me mostré vulnerable, acepté ayuda y comencé a recibir amor auténtico por parte de personas auténticas.
Aprendí a confiar ya elegirme.